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sábado, 28 de agosto de 2010

Tengo un imperio...

Tengo un imperio de ego y terror, esplendente de decadencia. Si vienes en busca de la Angustia, entra: la hallarás aquí; entra, entra si te atreves. Es un imperio… que surgió cuando se construían castillos en el aire. Ese tiempo tal vez pasó antes de mí, tal vez pasó después del caos y antes del orden… tal vez ese tiempo jamás existió. Aún así, yo lo construí, cuando se hacían castillos en el aire. En él nunca hubo reyes ni mandatos, en él la enfermedad y el libertinaje blasonan sus puertas. Se halla en una región extemporal e infraterrena, y vive y respira, y su aliento es éter y sus muros son mercurio. Es muy fácil perderse, porque, todo el tiempo que estoy en él (y eso es siempre) las estancias crecen y se tuercen, y a veces cambian de posición o de lugar; otras, surgen nuevas puertas que conducen a otros pasillos, y que en ocasiones regresan a la misma habitación.


Antes, había un gran pájaro azul con plumas de hierro cortante y una canción elegíaca que se posaba doliente sobre mi hombro y se alimentaba de las amapolas, los abrojos y las malas hierbas creciendo en los resquicios. La soledad y yo nos amábamos y nos alimentábamos uno de otro, y de los muros del castillo que habíamos creado. Tengo un imperio de ego, terror y artificio, donde las torres se han caído de tedio y sus famélicos y enfermos habitantes ya no pueden consumir los muros que se desplomarían, demasiado ruinosos ya, y que cada segundo se corroen ante mis ojos hastiados. La soledad se hastió de mí como yo me hastié de ella; tengo suficiente con mi propia sangre y mi propio veneno verde y negro. El pájaro azul de las plumas como bisturís, comenzó a oscurecerse, gradualmente, mientras la crónica enfermedad que había contraído renovaba sus plumas desde dentro, sin tirarlas, sólo haciéndolas mutar; y el ave se depauperaba y lanzaba súbitos trinos agónicos con su dulce voz de elegía, que comenzaba a tornarse áspera, hasta devenir en graznidos cada vez mas acérrimos. Ahora sonrío cruelmente cuando el macilento pájaro endrino, casi negro, se posa sobre mi hombro y se fatiga, lanzando sus fúnebres y perversas notas que ahora espurrean venablos, atosigados con el odio que succionó de mí una vez, con la probóscide que oculta en su garganta; el odio que en su interior creció como un parásito, aún unido a su fuente en mí, y que fue el origen de su enfermedad. Sonrío cruelmente, porque su azul me comenzaba a exasperar, pareciéndome demasiado natural. Sonrío y le clavo los dientes en las alas, y me fatigo.


Arrastrando mi apatía y mi inexplicable cansancio, miré los trozos de oro engastados en el mercurio; mientras los muros se rompían, el oro me produjo asco y aversión; entonces volví todos los elementos dorados, plateados, y después, cenicientos.


Tengo un imperio de ego, terror, artificio, esteticismo y absurdo. Las navajas endrinas y los espejos que obsesionan, las agonías sensuales y los envenenamientos delirantes, los retruécanos y el maquillaje, las sonrisas crueles que se mueren de hambre, observando criaturas andróginas y asexuales; la belleza enfermiza, las pasiones que perturban, el placer de la crueldad y la estética de las heridas, las hadas verdes, las pesadillas, las cenizas y la enfermedad... y los espirítus que se caen de fatiga y las torres que se caen de tedio... Lo hice cuando se construían castillos en el aire. Resplandece de decadencia... El éter voluptuoso y las ideas mercuriales.


ARTificial Absinthe


jueves, 26 de agosto de 2010

Guy de Maupassant - Suicidas

(Recuerda comprar libros, ¿qué será si no de las buenas editoriales que aun restan, las que se interesan primero por la literatura y despues por el lucro? Aún existen esas editoriales, por dificil que tal cosa sea de creer en esta epoca tan banal, tan horrendamente pragmática y a la vez tan ridículamente académica.
Quizás después haga un listado de ellas.)


No pasa un día sin que aparezca en los periódicos la relación de algún suceso como éste:
"Anoche, los vecinos de la casa número tal de la calle tal oyeron dos o tres detonaciones y, saliendo a la escalera para saber lo que ocurría, entre todos pudieron comprobar que se habían producido en el cuarto del señor X. Al abrir la puerta de dicho cuarto --después de llamar inútilmente-- vieron al inquilino tendido en el suelo, sobre un charco de sangre y empuñando aún el revólver con el cual se había ocasionado la muerte.

"Se ignora la causa de tan funesta determinación, porque el señor X. vivía en posición desahogada y, teniendo ya cincuenta y siete años, disfrutaba de bastante salud."

¿Qué angustiosos tormentos, qué ocultas desdichas, qué horribles desencantos convierten a esas personas, al parecer felices, en suicidas?

Indagamos, presumimos al punto, dramas pasionales, misterios de amor, desastres de intereses, y como no se descubre jamás una causa precisa, cubrimos con una palabra esas muertes inexplicables: "Misterio, misterio".

Una carta escrita poco antes de morir, por uno de los muchos que "se suicidan sin motivo", cayó en mi poder. La juzgo interesante. No descubre ningún derrumbamiento, ninguna miseria espantosa, nada de lo extraordinario que se busca siempre para justificar una catástrofe; pero pone de relieve la sucesión de pequeños desencantos que desorganizan fatalmente la existencia solitaria de un hombre que ha perdido todas las ilusiones y acaso explique --a los nerviosos y a los sensitivos, al menos-- la tragedia inexplicable de "suicidios inmotivados".

Leámosla:

"Son ya las doce de la noche. Cuando haya escrito esta carta, voy a matarme. ¿Por qué? Trato de razonar mi determinación, para darme cuenta yo mismo de que se impone fatalmente, de que no debo aplazarla.

"Mis padres eran gentes muy sencillas y crédulas. Yo creí en todo, como ellos.

"Mi engaño duró mucho. Hace poco, se desgarraron para mí los últimos jirones que me velaban la verdad; pero hace ya bastantes años que todos los acontecimientos de mi existencia palidecen. La significación de lo más brillante y atractivo se me presenta en su torpe realidad; la verdadera causa del amor llegó incluso a sustraerme de las poéticas ternuras.

"Nos engañan estúpidas y agradables ilusiones que se renuevan sin cesar.

"Envejeciendo, me había resignado a la horrible miseria de las cosas, a lo vano de todo esfuerzo, a lo inútil que resulta siempre la esperanza: cuando una luz nueva inundó el vacío de mi vida esta noche, después de comer.

"¡Antes yo era feliz! Todo me alegraba: las mujeres al pasar, las calles, mi vivienda, y aun la hechura de mis ropas constituía para mí una preocupación agradable. Pero las mismas ideas, los mismos actos repetidos, monótonos, acabaron por sumergir mi alma en una laxitud espantosa.

"Todos los días, a la misma hora, durante treinta años, me levanté de la cama; y todos los días, en el mismo restaurante, durante treinta años, a las mismas horas, me servían los mismos platos mozos diferentes.

"Me propuse viajar. El aislamiento que sentimos en ciudades nuevas, en residencias desconocidas, me asustó. Sentíame tan abandonado sobre la tierra, tan insignificante, que volví a tomar el camino de mi casa.

"Y, entonces, la inmutable fisonomía de los muebles, fijos en el mismo lugar durante treinta años, las rozaduras de mis sillones, que yo conocí nuevos, el olor de mi casa --cada casa que habitamos, con el tiempo adquiere un olor especial-- acabaron produciéndome náuseas y la negra melancolía de vivir mecánicamente.

"Todo se repite sin cesar y de un modo lamentable. Hasta la manera de introducir --al volver cada noche-- la llave en la cerradura; el sitio donde siempre dejo las cerillas; la mirada que al entrar esparzo en torno de mi habitación, mientras el fósforo se inflama. Y todo me provoca --para verme libre de una existencia tan ruin-- a tirarme por el balcón.

"Mientras me afeito, cada mañana me seduce la idea de degollarme, y mi rostro, el mismo siempre, que se refleja en el espejo con las mejillas cubiertas de jabón, muchas veces me hizo llorar de tristeza.

"Ni siquiera me complace tropezar con personas a las cuales veía con gusto hace tiempo; las conozco tanto que adivino lo que me dirán y lo que les diré; a fuerza de razonar con las mismas, descubrimos la ilación de sus ideas. Cada cerebro es como un circo donde un pobre caballo da vueltas. Por mucho que nos empeñemos en buscar otros caminos, por muchas cabriolas que hagamos, la pista no varía de forma ni ofrece lances imprevistos ni abre puertas ignoradas. Hay que dar vueltas y más vueltas, pasando siempre por las mismas reflexiones, por los mismos chistes, por las mismas costumbres, por las mismas creencias, por los mismos desencantos.

"Al retirarme hoy a mi casa, una insistente niebla invadía el bulevar, oscureciendo los faroles de gas, que parecían candilejas. Pesaba el ambiente húmedo sobre mis hombros como una carga. Seguramente hago una digestión difícil.

"Y una buena digestión lo es todo en la vida. Ofrece inspiraciones al artista, deseos a los jóvenes enamorados, luminosas ideas a los pensadores, alegría de vivir a todo el mundo, y permite comer con abundancia --lo cual es también una dicha. Un estómago enfermo conduce al escepticismo, a la incredulidad, engendra sueños terribles y ansias de muerte. Lo he notado con frecuencia. Es posible que no me matara esta noche, haciendo una buena digestión.

"Después de haberme acomodado en el sillón donde me siento hace treinta años todos los días, miré alrededor, creyéndome víctima de un desaliento espantoso.

"¿De qué medio valerme para escapar a mi razón macilenta, más horrible aún que la desordenada locura? Cualquier empleo, cualquier trabajo me parece más odioso que la acción en que vivo. Quise poner en orden mis papeles.

"Hacía tiempo que deseaba registrar los cajones de mi escritorio, porque durante los treinta últimos años había metido allí, al azar, las cartas y las cuentas. Aquel desorden llegó a preocuparme algunas veces; pero me sobrecoge una fatiga tal en cuanto me propongo un trabajo metódico y ordenado, que nunca me atreví a empezar.

"Esta noche me senté junto a mi escritorio y abrí, resuelto a preservar algunos papeles y romper la mayor parte.

"Quedeme de pronto pensativo ante aquel hacinamiento de hojas amarillentas; luego cogí una.

"¡Oh! Si aprecian en algo su vida, no toquen jamás las cartas viejas que guardan los cajones de su escritorio. Y si no pueden resistir la tentación de abrirlos, cojan a granel, con los ojos cerrados, los paquetes de cartas para tirarlos al fuego; no lean ni una sola frase, porque sólo ver la escritura olvidada y de pronto reconocida, los lanza en un océano de recuerdos; quemen esos papeles que matan; cuando estén hechos pavesas, pisotéenlos para convertirlos en impalpables cenizas... Y si no lo hacen así, los anonadarán como acaban de anonadarme y destruirme.

"¡Ah! Las primeras cartas no me han interesado; eran de fechas recientes y de personas que viven y a las que veo, sin gusto, con alguna frecuencia. Pero, de pronto, la vista de un sobre me ha estremecido. Al reconocer los rasgos de la escritura se han cubierto mis ojos de lágrimas. Era la letra de mi mejor amigo, del compañero de mi juventud, del confidente de mis esperanzas. Y se me apareció tan claramente, con su bondadosa sonrisa, tendiéndome las manos, que sentí un escalofrío penetrante; hasta mis huesos vibraron. Sí, sí; los muertos vuelven. ¡Lo he visto! Nuestra memoria es un mundo más acabado aún que el universo; ¡puede hacer vivir hasta lo que no existe!

"Con la mano temblorosa y los ojos turbios, recorrí toda su carta, y en mi pobre corazón angustiado he sentido un desgarramiento espantoso. Mis lamentaciones eran tan lastimosas, como si me hubiesen magullado las carnes.

"Así he ido remontándome a través de mi vida, como remontamos un río, luchando contra la corriente. Aparecieron personas olvidadas, cuyos nombres no puedo recordar; pero su rostro sí lo recuerdo. En las cartas de mi madre resucitan criados antiguos, el aspecto de nuestra casa y mil detalles nimios que una inteligencia infantil recoge.

"Sí; he visto de pronto los vestidos que usó mi madre en distintas épocas y, según la moda y según el tocado, mostraba una fisonomía diferente. Sobre todo me obsesionaba con un traje de seda rameado, y recuerdo que un día, llevando aquel traje, me amonestó dulcemente: 'Roberto, hijo mío, si no procuras erguirte un poco, serás jorobado toda tu vida'.

"Luego, al abrir otro cajón, aparecieron las prendas marchitas de mis amores: un zapatito de baile, un pañuelo desgarrado, una liga de seda, trencitas de pelo, flores... Y las novelas de mi vida sentimental me sumergieron más en la triste melancolía de lo que no vuelve. ¡Ah! ¡Las frentes juveniles orladas con rubios cabellos, las manos acariciadoras, los ojos insinuantes, la sonrisa que promete un beso, el beso que asegura un paraíso!... Y ¡el primer beso!... Aquel beso delicioso, interminable, que ofusca la mirada, que abate la imaginación, que nos posee y nos glorifica, ofreciéndonos a la vez un goce ideal y la promesa de otros goces deseados.

"Cogiendo con ambas manos aquellas prendas tristes de lejanas ternuras, las cubrí de caricias furiosas y en mi corazón desolado por los recuerdos sentía resonar cada hora de abandono, sufriendo un suplicio más cruel que las monstruosas leyendas infernales. ¡Ah! ¿Por qué las abandoné o por qué me abandonaron?

"Quedaba por ver una carta fechada hacía medio siglo. Me la dictó el maestro de escritura: 'Mamita de mi alma: hoy cumplo siete años. A esa edad ya se discurre; ya sé lo que te debo. Te juro emplear bien la vida que me has dado.

'Tu hijo que te adora, Roberto'.

"Me había remontado hasta el origen. El recuerdo era desconsolador. ¿Y el porvenir? Quise profundizar en lo que me faltaba de vida, y se me apareció la vejez espantosa y solitaria, con su cortejo de achaques y dolencias... ¡Todo acabado para mí! ¡Nadie junto a mí!

"El revólver está sobre la mesa... Es tentador..."

No lean nunca las cartas de otros tiempos! ¡No recuerden viejas memorias!... Así es como se matan muchos hombres en cuya plácida existencia no hallamos el verdadero motivo de su fatal resolución.

FIN

domingo, 22 de agosto de 2010

Sólo otro despojo

Al fin, desaparece esa prosaica presencia que me hace imposible escribir, dejar caer los sanguinolentos y triturados miembros de mis noches de angustia y miseria.
Los placeres simples han vuelto a mí de rodillas, y de nuevo me apetecen, como último refugio de mi desocupado y hastiado espíritu, que, orgulloso, nunca se empleará en banalidades. Último refugio de una aspiración demasiado magnífica.
… sobre la mesa. Antes, mi novelesco refinamiento me exigía hacer lo posible para evitar enfrentar la indignante vulgaridad, recurriendo a mi lirismo y sus inapelables necesidades; ahora, mi inherente dandismo sólo en su esencia conserva tal sublimación, en realidad, la fuente de ella. Ahora no me importa comer directamente sobre la mesa, abúlica, indolentemente… al menos conservo la sutileza de cerciorarme de que no haya nada repugnante sobre ella. ¿Eso allí era sangre? Ah… no es repugnante, debe ser mía, después de todo. (Y mientras tanto, un demonio se ríe en mi cabeza del vergonzoso pensamiento que continúa allí, a su vista, como una exasperante maldición) Antes, yo jamás hubiera permitido que esa idea perdurara, que ese trasgo me escarneciera. Lo que inspira la idea (y ésta, la risa del trasgo) es ajeno a mí, lejano a mí. Ajeno. Yo, que me jactaba de mi inalcanzable suficiencia.
En retrospectiva, yo jamás…
Ahora soy la pálida ruina de mí misma, y estoy segura de que únicamente en el fondo de ellas puedo ser yo en realidad.
Cada instante, los deseos fenecen, y la furiosa miseria lanza movimientos desesperados, sin más finalidad que la sola desesperación. La idea porfía, el demonio ríe, y yo quisiera bostezar en otro escenario. Los apetitos de hedonista suntuosidad se degradaron a la aspiración del desolado cuartucho que se cae, como pálida sangre con sabor a vinagre. Se cae, pero libremente.
Y quizás me acerco a una cortesana decimonónica e inexistente, quizás mis vicios huirán de sus lechos de desprecio para auxiliar a mi condena. Pero… libremente.
(Lárgate de una vez. Cállate de una vez)
Sólo a través de las ruinas de mí misma puedo ser yo misma, y sé que las lágrimas son patéticas, las esperanzas, inútiles; que hasta los más nimios deseos son excesivos y bien pronto occisos, y sé que terminaré sobre las vías del tren.
Estoy en un punto en el que desear es más un pasatiempo, ya que los deseos… la desesperanza está escarificada en ellos.
¿Tan pronto te has cansado de reír? Ríe, pequeño trasgo, vástago de la degradación. Cuánto me regodeo en tu desprecio. Sigue riendo; tendremos motivos, tú para reír, yo para gozarme en la ácida complacencia de mi superlativa protervidad. Ahora… apaguemos las luces, hundámonos en la narcótica lasitud de la más vacua desolación.
Y te escucharé vejarme, mientras pienso en las vías del tren.
Ninguna luz, ninguna luz…

ARTificial Absinthe

Sin sentido



Abortos de escritos, de actos, de proyectos.
Cadáveres que se niegan a dejar de sangrar y sangre que se niega a pudrirse, o sangre que se niega a dejar de correr y cadáveres que se niegan a pudrirse. Decididamente mi cabeza es un matadero, un muladar sangriento.
¿Y acaso valgo algo? ¿Valer o costar? Espero que sea lo primero, porque, para ser sincera (y puede que lo sea) yo misma me tengo en invaluable. Sí, invaluable, tanto más si el resto del mundo opinara diferente, como de hecho hace. Pero... ¿costar? Nada en el mundo cuesta nada, y yo... nada. Nada en absoluto. Nada, al menos, que no pueda ser pagado... porque así es como funciona, ¿no es así? ¿Eso me convertiría en prostituta? ¿No podríamos usar una palabra más estética? Evat! me parece que he obviado mis caprichos. Capricho grabado sobre mi puerta. Muchos de ellos, valiosos; algunos más, bastante costosos. Considerándolo, es posible que cueste más de lo que debería. Costar no es deseable, de suerte que debiera abaratarme. ¿Eso me convertiría en una ramera? Tal vez no me sea posible bajarme de cortesana.
¿Algo que vale nada puede costar? Tal vez. Pensemos en el orgullo. ¿Acaso cuesta algo? Orgullo y otras cosas de valor. La belleza. Una paradoja. La rareza y el artificio; paradojas. Algunas baratijas disfrazadas de lujos: Artificio. Nada mal. La viperina cortesana caprichosa e inútil no está tan mal… nadie conoce el valor… Pero ahora mismo me desespero por un poco de Absenta con todo su ritual laqueado de poesía y decadencia. ¿Cuánto vale…? … ¿…Callas? …Entonces, ¿cuánto cuesta una botella de Absenta? …Vaya… no tengo esa cantidad… Pero al menos puedes decir mi precio.


ARTificial Absinthe

Rags and Tatters


“Habéis de saber que tengo un pájaro azul en la cabeza, por consiguiente…” *
Frente a un espejo, comenzando ya a reconocerme, de pronto reparé en que él seguía conmigo; pero ¡qué cambiado! Cómo ha cambiado. Y sin embargo, es él mismo. La ruina de sí mismo, la decadencia de sí mismo, la profundización de sí mismo… (un poco más de sombras allí.)
Pajarillo, maldición alada, mira, ¿recuerdas ese escrito?
Y él crasita y yo me asombro de lo que antes nos parecía tan natural.
Pero, no, no lo es, ¿lo ves? No lo era. Tal vez es demasiado natural para ser nuestro. Entonces tú y yo aún no nos asemejábamos tanto a nosotros…. (Tienes razón algo más de palidez estaría bien. Más semejanza, menor naturalidad) Lee muy atentamente este escrito, observa muy bien este estilo. ¿Lo reconoces?
Él crasita y yo me asombro.
Pues tú lo escribiste…. Tú y yo. Y sin embargo, no es nuestro. Son retazos prestados. No como lo que hago ahora: un retazo cinéreo por mi romanticismo incinerado; un destello plateado de lo que sobrevivió a la caída y ahora vive miserable; un jirón deshilvanado por la desesperación; otro de color estático, por el esplín; uno azul por la melancolía; otro más del mismo color, pero tan irreconocible con el anterior, tan distinto en esencia, que se pensaría que si aquél es azul éste no lo es; uno más, granate, por la inanición y sus actos; lívido y deslavado para la enfermedad… y el metálico amargo de la frialdad y la hiperestesia, y el irisado de la afectación, y…
Y todo estrafalariamente suturado con los rojos hilos de la crueldad, refinada y voluptuosa, sobre un fondo negro noche y verde delirio. Los colores (el color) de la locura y la decadencia.
¿Ahora podemos vernos? Vamos, cruel, amargo, vanidoso, aléjate de ese espejo y guarda tus garras cuando vueles dentro… o añadiré a nuestro guiñapo cortantes plumas ajadas.

ARTificial Absinthine
*Ruben Darío

viernes, 6 de agosto de 2010

Malditos relojes

Y después del oscilante vértigo en el paroxismo de los nervios distendidos, de noches asfixiantes, caí en un estado de profunda apatía ---- un nuevo paroxismo, esta vez de una opresiva y despótica languidez, un turbio tedio, una hiperdosificación en el intrínseco esplín de mis días. La furiosa tensión y distención de mis nervios me ha dejado fatigada; y el famélico , invencible aburrimiento, odioso oportunista, ha venido a enrarecer el aire con sus emanaciones mefíticas.
Ansiosa de algo pero incapaz de nada, sólo mi mente (como siempre) se mueve, entre las borias opresivas y los gritos aleatorios de putrefacción.
Y el gato se hecha otra vez en una cama (¿era una cama?) cae en la siesta del vinagre, y busca una cama en otra parte. Un ansioso aunque fatigado deseo de levantarme, pero ¿para qué? ¿por qué? ¿para ir a dónde? Así que dejo que la apatía haga su imperante capricho y me quedo mirando sin mirar, escuchando un errático piano, fluctuando en pensamientos fugitivos que desparecen cuando una exasperante monotonía se apodera de mi dispersa mente. ¿Que es ese maldito sonido, tan endemoniadamente regulado, tan estúpidamente repetitivo, que tanto me hace pensar en el mundo fuera de mi? Oh, es el pequeño reloj que siempre cuelga de mi cuello, siempre, como si olvidarlo o tenerlo supusiera alguna ventaja para mi existencia furiosa por ser, pero perentoria.
Relojería. Lo más preciso que puede concebirse, un dechado de regularidad. Relojería, estulta, estulta relojería. Pienso de nuevo en ese mundo... ¡qué felices estarían de tener un mecanismo como este! Sin fallas, sin variación, siempre predecible.
¿Qué fue eso? Me ha parecido que, súbitamente, momentáneamente, se ha alterado la implacable regularidad. Sonrío sin alegría. Alguien debe estar siendo señalado ahí dentro. Mejor sales, pues si no te matan ellos, lo harás tú.
Después de todo, mi pequeño reloj no es tan despreciable, con su relojería barata, a pesar de que ahora vuelva a su regularidad; ahora puedo saber que está algo defectuosa... lamento haber roto la leontina.
Dicen que los relojes suizos son los más precisos en el mundo, y puede que hasta del universo, puesto que con toda seguridad no hay nada fuera de Suecia, y quizás fuera del mundo, que halla podido concebir jamás precisión más perfecta............. Malditos suizos, no saben la abominación que crearon.
¿Qué seria de todos sin los relojes suizos? ¿O qué sería sin ningún reloj en absoluto? O mejor aún, que cada reloj anduviera a su voluntad y su capricho, trastabillando con sus ocios y exitándose con desconocidas concepciones. Entonces la existencia, la rutinaria existencia no podría ser rutinaria del todo, o nada en absoluto. La variación de los tiempos y la ignorancia de esa horrible y exigente prostituta -la hora-, harían imposible que se le exigiera a nadie una pérdida de tiempo -es decir, a nadie se le podría exigir puntualidad-. Sólo el propio deseo conseguiría un entendimiento. Y es que la prostitutas (quiero decir las horas) son una invención, una creación estulta y execrable como sólo puede serlo cuanto crea el buen hombre de sociedad, trabajador fanático de relojerías suizas. Pero ahora resulta que los relojes suizos son muy costosos y que nadie puede vivir sin un reloj.

Si ese fuera el caso... me gustaría tener dinero suficiente para comprar relojes, todos los relojes poisbles sin importar su fealdad o tosquedad, sin apreciar más a aquellos que poseyeran la belleza de lo arcaico.... porque todos son relojes, todos miden el tiempo, y por lo tanto tengo mucho tiempo para todas las estrafalarias pretensiones de mi estrafalaria personalidad, famélica de infinito. Sí, más y más relojes para mi hastío; tiempo y tiempo y tiempo para mi sed de inmortalidad.

"Eheu, fugaces, posthume, posthume,
labantur anni» *


Entonces no tendría nada más que ingenuidad, o estupidez, o ambas.

Como sea, y olvidando las inconsistencias, digo, como Cioran, que hay dos cosas que siempre me causaron histeria metafísica: un reloj que no funciona, y un reloj que funciona.




ARTificial Absinthe



*(Horacio)

miércoles, 28 de julio de 2010

SOBRE EL BLOG


Creo que de nada me valerá prolongar las presentaciones. Un blog mas que pretende suprimir el adicional. Diario de execrencias y ensoñaciones delirantes, tambien espejos nocivos. Esto quiere decir que, ademas de ser este sitio condenado y dañino la proyeccion de los seres que lo poseemos, encontrarán complacencia para esos vicios llamados literatura y musica... (que por otra parte son un fragmento de nuestros espejo). Pueden pedir lo que deseen, en tanto sea febril, decadente, etc.... Algo realmente oscuro como fiebre, nada de vampiretes de carrusel (crepuscúlo y su terrena descendencia) ni bandas esnobs hechas de parafrasis estultas,malentendidos necios y disfraces mal hechos que no alcanzan el encanto del artificio. Tampoco subiré lo que facilmente se puede comprar, sin riesgo de extravio, ni siquiera si es eso digno de aparecer en los vapores de este fumadero.
Amantes de la salud, devotos de la relojería, ser humano normal y funcional, sal de aqui cuanto antes, vuelve a tus filas y a la normalidad, salva tu presiosa sanidad y ahorranos el repulsivo espectaculo de tu rubor y tu "éxito".

ARTificial Absinthe